La cita que nunca ocurrió

Cuando lo conocí indudablemente me sentí atraída hacia él y fue muy evidente notar también su interés. Entré a la oficina de mi jefe casi corriendo, me había mandado llamar para ver un tema urgente, me hizo tres preguntas a las que respondí rápidamente y cuando acorde vi que había dos personas más en la sala, estaba Tamara y estaba él, nunca lo había visto pero el primer contacto visual y su sonrisa a medias me dio a entender que yo le había parecido graciosa, al menos la forma en que había respondido a mi jefe, con tan poca elocuencia intelectual.

Él era casi de mi edad, casi de mi estatura y a diferencia de mis ojos verdes, el los tenía azules. Los dos parecíamos hippies atrapados en trajes y modos formales y ejecutivos.

Las siguientes semanas tuvimos que trabajar juntos, solo era un proyecto temporal, pero con tres interacciones tuvimos para querer platicar un poco más, el día que me tocó mi sesión individual, nos vimos en la sala de juntas, solo estábamos él y yo, los dos parecíamos relajados pero creo que en el fondo era el reflejo del nerviosismo que te da cuando estas cerca de alguien con quien quisieras tener aún más acercamiento. Ese día teníamos dos horas para trabajar, pero una hora y media pasamos hablando de mil cosas, algo así como: ¿Por qué llueve más seguido los domingos que los sábados? ¿Película favorita? Física cuántica, tanatología, sobrinos, sueños, política, nombre de nuestras mascotas, etc… cuando acordamos ya casi se nos acababa el tiempo e improvisamos todo lo laboral, al final nos intercambiamos los celulares y quedamos en hablarnos después.

Pasaron dos meses sin que ninguno nos contactáramos, pero un día de la nada, sonó mi teléfono, ¡era él! Con esa voz dulce y firme que tenía, me preguntó si quería pasar la tarde del viernes con él, a lo que accedí al momento.

Paso por mí a las dos y media y nos fuimos a comer tortas gourmet cerca del zócalo, después caminando nos fuimos a recorrer las hermosas calles del centro histórico de la ciudad de México, empezó a llover y nos mojamos por lo que entramos a tomarnos un café en lo que nos volvíamos a secar, después entramos al museo Franz Mayer en donde pudimos apreciar algunas exposiciones como la de “Vuelta a la bici”, resultó que los dos éramos amantes de la naturaleza, el arte y los sucesos paranormales, por lo que después fuimos a explorar casas abandonadas intentando hacer algún descubrimiento extraño que poder contar después a los amigos. Empezó a obscurecer y fue momento de regresar a casa, ya a esas horas él me había tomado de la mano y no dejaba de verme, por mi parte toda esa tarde me había parecido un sueño.

Había sido la cita perfecta, la cita que nunca ocurrió.

Fotografía de Wendy Fonseca.

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