Las tres de la mañana

Son tus ojos los únicos que no me leen,
a los que pese a la ausencia les escribo,
aquí donde nadie sabe quién eres,
donde a veces no recuerdo si en verdad existes.
Es mi voz la que jamás llega a tus oídos,
ni mis letras alcanzan a alargarse para rozarte la mejilla,
son mis manos las que dibujan tu silencio,
es la angustia de saberte inalcanzable,
el clamor de mis rimas que no cesan en recordarte,
las contrapuertas de mi nostalgia que se reabren al tragar tu recuerdo.
Es la incomprensión de tu desaparición,
la que me tiene en huelga de amor
y cómo me azota el viento tú nombre en mi ventana.
Tengo un cúmulo de caricias endosadas al portador,
que aguardan en un sobre tachado con tu historia,
son los días que se ahogan de noche al desear tu piel,
estas desamparadas caricias que tienden a desaparecer.
Sigo siendo tuyo
y tú ya no eres mía,
entonces de quién eres
y quién quiere ser de mi.
Vamos a ver que dice la vida,
creo que no todo está sentenciado.
Tengo intacto el lado izquierdo de mi cama,
un sueño en blanco,
un beso doble
y un pedazo de mi corazón,
que aun late,
al vaivén de tu nombre.
Pero yo mismo caduco de ti,
no esperes que te espere por siempre,
voy a darte unas cuantas lunas más,
sólo yo sabré cuándo y cómo
y lento muy lento las iré desgastando,
hasta que, de nuevo,
el sol me despierte una noche,
a las tres de la mañana.

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