Valentino en madera.

Eran las 12 del día de cualquier sábado, llegaba a una estación de autobús con olor a pescado, un famoso mercado que oferta cualquier cantidad de mariscos y productos de mar no está ni cerca de ahí, pero el letrero de aquel paradero lo llama, no imagine cruzar ese terreno en donde el DF ya me olía a lejanía, cruzar el eje Lázaro Cárdenas me hace sentir viajar al pasado, o al presente más desgastado, y esos kilómetros me los regalé para llegar a un diámetro de aserrín, OSB (un tipo de madera a base de los desperdicios de otras) y muchos hombres jugando a entenderle al ingles de las canciones de los 80´s de su radio, que apenas y se deja asomar entre tanto polvo y pintura salpicada, y otra vez el contraste; en esa esquina se conjugan una funeraria de los años pobres y esa estación de ideas, y digo de ideas porque en medio de sus paredes industriales y poco cuidadas, entre los restos de acrílico con el abecedario jugando a encontrar su marca, ahí coexisten un Valentino, Versace, Issey Miyake y otras marcas que retan el concepto de lujo, porque en ese lugar las ves desnudas.

Hace unos días descubrí ese oasis en un desierto asfáltico, a veces nuestro desgastado perfil como mexicanos no nos permite ni imaginar que en ese lugar se construyen productos que merecerían descendencia por el legado visual que le regalan a esas marcas con tanta historia. En la Ciudad de México, en esa esquina entre esos ejes, ahí, justo en esas coordenas insípidas, se logran acabados de excelencia para los anaqueles de diferentes marcas internacionales, que escogen esos sitios de bajo perfil, para vestir a su piel, para labrarse y tener en México a un silencioso aliado constructor de su prestigio. Sentí una tremenda emoción cuando por mi mente paso la idea de estar entre las partículas más subatómicas de esas marcas que he de confesar a veces me intimidan. Me imagine como luciría Donatella Versace recorriendo esos metros cúbicos degustando los visuales de un color que ella no construía, o Valentino al ver que unas manos desgastadas y que descansan en una cama de Netzahualcóyotl están perforando las letras del próximo mueble que la volverá más inmortal. No cabe duda que hemos inventado tantos conceptos aislados que tienen más relación de la que creemos, y eso me lo dictó una de mis nuevas paradas favoritas de ésta ciudad, con intenciones nada pretenciosas a la vista, pero con una vida oculta que asombraría los ojos de cualquier diseñador industrial de talla mundial.

La próxima vez que estén cerca de un aparador, en cualquiera de esas tiendas exclusivas, y en cualquier parte del mundo, tengan presente que manos mexicanas son las Da Vinci de esos trazos, curvas, brillo, luz y personalidad, no sólo de un mueble sino del alma tangible de esas atmósferas sofisticadas.

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