Un siniestro plan.

Hipócritamente un jueves con aire alto, porque apenas mi cabeza que llega a un metro sesenta lo sentía, decidí jugar al día intelectual y de bajo presupuesto, quizá fue más una excusa a mi bolsillo cada vez más hondo por el espacio vacío que habían dejado las monedas y billetes que para ese punto del mes me habían abandonado. Pretexto o no tenía una idea vaga del destino pero desde Santa Fe (uno de los centros corporativos más aburridos del país) aún no dibujaba la ruta, una vez arribando a la conflictiva avenida Constituyentes parecía que ese tráfico me dictaba más tiempo para decidir con firmeza a que teatro me dirigiría, y como otras veces que acostumbro re hacer las agendas culturales de Conaculta o esas instituciones rimbombantes, deje que el volante me llevará a donde mi cerebro y mi bajo presupuesto lo decidieran.

Así me fui aproximando a Reforma Centro, mi hechura prematura no contemplaba que ese día el mandatario de los Estados Unidos estaría muy cerca de donde mi pequeño coche negro y yo nos dirigíamos, pero la suerte del desconocimiento nos cobijó para llegar con minutos de sobra para siquiera averiguar que nos deparaba esa noche juevecina, y mi primer acción al ir pisando el freno fue mi acostumbrado acercamiento con los vigilantes del lugar, a quienes prefiero preguntarles su recomendación porque sé que será desinteresada y nada pretensiosa, sirvió de mucho mi corta conversación con uno de ellos para además correr la suerte de encontrar un espacio justo para estacionar mi promesa desenfada de esa noche. Al dirigirme a la taquilla, como si se tratará de una miscelánea de pueblo decidí repreguntar el repertorio de obras y preguntar el costo por cada una de ellas, sin duda fui necia preguntando hasta la forma de pago, pero corrí con otra racha de bondad cuando me dijo que ese día los accesos se lograban por solo treinta monedas de un peso mexicano; desafortunadamente esa buena noticia se nublo cuando ni siquiera tenía esa cantidad en físico y tuve que buscar un despachador de dinero para lograr mi cometido, lo importante fue que esa contingencia me llevó a la butaca más ácida en la que pude sentarme.

Un teatro con espacio de butacas similar al escenario, que hacia honor a su nombre porque aunque no te sentías entre españoles si te empujaba a mar abierto, “El Galeón” recibió para este mes a dos actores dirigidos por Martin Zapata, y sin mi interés de narrarles la sinopsis del “Siniestro plan de Vintila Radulezcu” mi asombro se despertó no por esa pieza teatral que jugaba con los tonos terracota y una escenografía minimalista y sugestiva, sino por reafirmar el poder que tienen las imágenes y los sonidos para que tus sentidos se inmiscuyan en un engaño por el tiempo, se me olvidó la hora, el día y mi poco presupuesto; y esa oscuridad de mi lado como espectador se empezó a iluminar con descifrar quien era el real espía de la obra, si Jonathan Mac Lean o mi nula visión por saber cómo corrí el riesgo de desafanarme de mis pensamientos urbanos atreviéndome a subirme a ese barco teatral que me presentó con una versión de mi tan distinta y emocionante.

El centro cultural del Bosque logra entre sus sonidos y propuestas permitirte el que treinta monedas de jueves tengan tanto sentido.

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