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Sostén para hombres y otros devaneos psicoanalíticos.

Hay cosas que no deberían decirse. Ni escribirse. Recuerdo que, hace algunos años, en una agradable colación que empezaba a pervertirse, una amiga, ya muy bebida, me dice que yo nunca follaría. ¡Qué fuerte! Ignoro qué habrá visto en mi cuerpo áurico para zaherirme de esa forma. Lo supe cuando se me acerca de nuevo, más ebria, minutos más tarde. Según ella, todo mi ser era índice de fuertes represiones sexuales, de deseos inconscientes de autocastigo y otras más cosas que el hipo que la ataca en ese momento tuvo a bien interrumpir.

Pienso en esto cuando me sorprendo a mí mismo visualizándome con un sostén para hombre, muy de moda ahora en Japón. Pienso en qué se sentirá portar semejante indumentaria. Y no solo eso, me aterrorizo al percatarme el haberle pedido a un amigo, que vive temporalmente en Japón y a quien nombraré como Nom-Ura, para proteger su identidad, que me buscara un ejemplar en color negro, para que no se vea tan femenino. Y lo peor, ¡mi amigo Nom-Ura se está dando a la tarea de encontrarlo en las calles de Tokio!

¿Tendrán alguna relación los dichos de mi amiga con estas extrañas fantasías? ¿La RAE deberá cambiar la segunda acepción para “sujetador” y dejarla solo como ‘prenda interior’?

Mientras logro dar con el quid de esta fijación, les comparto el siguiente vídeo en el que podrán ver de lo que hablo.

Mi miedo crece al darme cuenta que me pregunto constantemente para mi coleto: ¿Y qué son treinta dólares?

Hay cosas que no deberían decirse. Ni escribirse.

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