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Escultura dura.

No hay objeto más profundo, más misteriosos, más rico, más siniestro
y más deslumbrante como una ventana alumbrada por una vela.
Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante
que lo que ocurre detrás de un vidrio.

Charles Baudelaire

En la década de los sesentas la escultura parecía destinada a seguir ocupando un sitio en los centros de las plazas, en los accesos o en los vestíbulos de los edificios. Los lugares obvios empezaron a cansar. Los pedestales sostenían el arte del pasado. El arte imitación se extendió y una implacable ola de escultura abstracta y figurativa colmó los museos y las plazas. En ese entonces, la escultura era de las artes la que menos evolucionaba y flaqueaba por su lado más abstracto: el de la emoción.

“Aquí hay una obra de arte” parecían afirmar los pedestales. Pero una obra de arte que no quiere cambiar. Que lleva siglos montada en una peana.

Un grupo de escultores, entre ellos, Richard Serra, despojaron a las esculturas de los pedestales, las colocaron en lugares insospechados y le confirieron las cualidades del espacio y del tiempo. Las dotaron de misterio. Serra solicitó permiso a las autoridades para colocar una de sus esculturas en un callejón olvidado del Bronx. “He intentado colocar esculturas en espacios desasidos, nada ensalzados”, explicaba Serra.

Eso es lo que me fascinó de Serra. El valor y el talento para ser diferente. Para confiar en su intuición. No necesitas conocer su vida porque su obra refleja su temperamento. Serra es un tipo duro como sus esculturas. “Prefiero el óxido de la acerería a la superficie pulida. El acero tiene un aspecto más pesado”, reafirma su volumen.

El color ámbar de sus esculturas y el óxido del acero corten parecen un brochazo de Rothko. Me gustaría vivir adentro de una de esas esculturas, pensaba con emoción mientras recorría su obra en el museo Guggenheim de Bilbao. No tener ventanas. No ver un árbol ni el cielo. Solo ver ese mural de acero que me recuerde a Rothko.

“Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. En aquel hoyo negro luminoso vive la vida, sueña la vida, la vida sufre”.

En las esculturas de Serra todo se mueve.

Cambia la plástica de la escultura a la par que caminas.

Se mueve el tiempo porque la escultura te mete en su ritmo. “Esas piezas no tienen nada que ver con el acto de mirar”, decía Peter Eisenman.

Cambia el color del acero corten con el paso de los días. Va del naranja al ámbar.

Cambia tu percepción: Lo pesado del acero parece ligero y las curvas de las planchas de acero que se te vienen encima están en absoluto equilibrio.

Escultura ingrávida. Escultura dura. Mientras escribo esto, escuchó unas piezas livianas de Philip Glass y de Mogwai. Sueña la vida, la vida sufre.

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“Los objetos de acero de Richard Serra dan una sensación de tanta homogeneidad y totalidad como las esculturas de las tradiciones más antiguas, hechas de piedra o madera”. Peter Zumthor

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Terminal Bochum, Alemania.
“La pieza se encuentra en una isleta entre los carriles del asfalto, delante del depósito ferroviario. La ideé para ese lugar. Me ofrecieron un lugar para ella junto a la catedral de Colonia y en Kassel. Ambos eran lugares muy de postal que reclamaban un escultura pública convencional, mientras que en Bochum la escultura interactúa con la arteria principal de la ciudad, con el tráfico de los autobuses y los tranvías, así como la gente que entra y sale de la estación.” Richard Serra

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Berlín Block (For Charlie Chaplin), 1977
“De muy joven, cuando tenía quince años, estuve en una fábrica de rodamientos y luego en acereras. Ví cómo perforaban el acero, lo cortaban, lo laminaban, lo apilaban, lo levantan con la grúa, lo ajustaban, lo extendían, lo remachaban. Toda mi vida he visto cómo se alza y estructuraba el acero, de modo que siento un cierto respeto y una deferencia por el potencial del acero.” Richard Serra

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To Encircle Base Plate Hexagram, Right Angled Inverted. Bronx, Nueva York.
Quise levantar una pieza en Nueva York y me dijeron: Manhattan queda excluido, inténtelo en el Bronx. Podría haberla colocado en un parque, pero sentí que el parque habría señalado la pieza como algo distinto a lo que yo buscaba. Después de buscar un emplazamiento en el Bronx durante tres o cuatro meses, encontré un callejón sin salida con escaleras que subían a una calle paralela, lo que permitiría al espectador contemplar la escultura desde distintos niveles. La calle 183 era un lugar abandonado, en medio de un vecindario deprimido. Richard Serra. (Escritos y Entrevistas, 1972 – 2008).

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