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Patrones Perfectos

Porque la luz canta con un rumor de agua,
con un rumor de follaje canta el agua

Octavio Paz

Las fuentes nacieron en los monasterios. Los monjes, dice Ferdinand Bac, encerraron su recogimiento con imágenes y fuentes, inscripciones y altares, a fin de tener con quien orar, leer, cantar bajo el cielo, instruirse bajo los árboles, plantar, respirar, caminar. ¡Qué cuidado en la elección del sitio donde ellos colocaban sus jardines espirituales! Indicaban en sus mismas reglas, un refinamiento estético que nosotros hemos perdido y que valdría la pena aplicar en nuestros días.

En las cosas existen los patrones perfectos. Son proporciones que agradan. Proporciones para los ojos, para el tacto, para el oído, para la respiración y para el sentido del gusto.

Visitando la obra de Luis Barragán, de Ricardo Legorreta y la de los pueblos mexicanos aprendí a escuchar el agua. El sonido y el ritmo que provoca el choque del agua con el agua es un patrón perfecto. Confiere una proporción áurea para los oídos que sumerge a cualquier ser humano en un mood de tranquilidad. Lo predispone para mirar en las cosas la belleza que tienen de suyo. El agua es música. A Luis Barragán le gustaba fabricar el silencio con muros altos y a partir de ese silencio hacía música con el agua. “En mis jardines y en mis casas siempre he procurado que prive el plácido murmullo del silencio”, decía.

La fuente es uno de esos elementos arquitectónicos que sirven para que nos adentremos en nuestra soledad. Pero la disposición a la soledad no sólo es una forma de vida, sino una virtud un tanto olvidada que perfecciona al ser humano. Por eso Luis Barragán resaltó su importancia en el discurso que pronunció al recibir el Premio Pritzker: “Nos encontramos a nosotros mismos en la soledad. En ella está nuestra inspiración. La soledad es buena compañera”.

El ritmo de la música del agua de una fuente o la música de las ramas y de las hojas, es, sin duda, uno de esos acontecimientos valiosos que provocan que nos metamos dentro de nosotros mismos. Por eso Bac afirmaba que “los jardines de antaño eran casi como casas de oración, porque el solitario penetraba mudo en su misterio”.

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