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Unos se cortan las orejas. Otros se suicidan.

Es un lugar donde los ricos más bastardos
de Nueva York vendrán a comer y a lucirse.
Espero arruinarle el apetito a los que coman en este salón.

Mark Rothko

Hace tiempo leí una frase del pintor Chagall que me marcó: El arte es sobre todo un estado del alma. Desde entonces, trato de ver lo que hay detrás de las obras de arte. Quizá por eso, valoro mucho la intensidad con la que vive el artista. Rothko es un ejemplo de esta sensibilidad. Es una fuerza descomunal dentro de la naturaleza. Es una tormenta. Sus cuadros abstractos podrían parecer tan simples pero hay algo que nos sacude: su alma. En su caso, es innegable que en cada brochazo deja plasmada su pretensión.

En 1958, Rothko explotó ante un sector de la sociedad que celebra lo insustancial. No cabe en el mundo. Y por eso encuentra su tema ante el encargo de pintar unos murales en el restaurante de la Torre Seagram en Nueva York, diseñado por Mies Van Der Rohe.

Ese es el tipo de fuerza que nos lanza al ámbito de la belleza. No interesa la moralidad de la intención del artista. Importa que su pretensión sea auténtica. Y si a alguien le molesta, que se vaya al restaurante de enfrente. Max Jacob lo explica así: “La originalidad verdadera no puede estar más que en la maduración, pues lo original es el fondo de mi yo. Y lo que es original agrada y no lo que ya está visto”.

Me parece que los artistas hacen arte desde la melancolía o la alegría: el gozo perdido o el gozo tenido. No hay exaltación más potente que estos dos estados de ánimo. Los rangos intermedios no impulsan porque se sitúan en la zona de confort. Los melancólicos saben que existe la belleza, la verdad, la bondad, y comprenden que no la tienen; y por eso intentan atraparla en un poema, en los acordes, en un gesto actoral, en la luz, en la danza, en el color… Rothko sentía esa fragilidad de la vida. La propia y la ajena. Y su sacudida consiste en un despertar. ¡Acuérdate de vivir! Nos parece gritar.

Algunos se cortan las orejas. Rothko se suicidó. El precio de hacer arte parece alto. Pero hay otra estirpe de artistas. De ellos habla Gabriel Zaid: ¿Hay alguna razón para que un poeta lo sea menos, si practica seriamente algún deporte, sabe llegar puntualmente a una cita o administrar un presupuesto? Ninguno es más artista que otro. La autenticidad es lo que agrada. El fondo de mi yo.

Larga es la lista de los artistas melancólicos. Y son pocos los que hacen arte desde el gozo tenido. El resto de las personas apenas saben que existe la belleza, y cuando se la encuentran preguntan ¿cuánto cuesta?

En los cuadros de Rothko nos instalamos en nuestros ojos para mirar la parte vacía de nuestra vida.

Murales de Rothko pintados para la Torre Seagram de Nueva York que nunca vendió. Algunos de ellos, actualmente se exponen en el Museo Nacional Británico de Arte Moderno.

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Written by Renato Solares

Arquitecto, filósofo y artista. Realiza desarrollos inmobiliarios.

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