Memorial del holocausto: El horror hermoso.

Pintar no la cosa, sino el efecto que produce.
Stéphane Mallarmé

Me gusta viajar sin guía de turistas. Que mis pasos me lleven a donde la intuición de alguna manera ya conoce. Me gusta llegar a los lugares y descubrirlos. Dejarme fascinar. Me gusta no saber su función ni su fecha de inauguración. Caminar sin apriorismos para que la vocación de las calles, plazas y edificios se revelen. Me gusta ver los rostros de las personas. Sus ojos.

Y así, de pronto, llegué a una plaza enorme. Era una plancha de vastos volúmenes de concreto. Caminé entre ellos. La gente tenía el asombro y una sonrisa en sus rostros. Los niños corrían. Es difícil lograr en una obra la unión de dos efectos contrarios: La tragedia y el júbilo.

Era un monumento para jugar a las escondidillas. Y un monumento para honrar a seis millones de judíos muertos.

Un monumento al “juego sabio, correcto y magnífico de colocar volúmenes bajo la luz”, de Le Corbusier. Y un monumento para recordar a José Clemente Orozco.

Un memorial del holocausto.
Un monumento a lo más bello de Berlín.
También el horror es hermoso.

Obra del Arquitecto Peter Eisenman. Monumento a los Judíos de Europa Asesinados. Denkmal für die ermordeten Juden Europas.

Fotografías de Enrique G de la G.

Pintura de José Clemente Orozco.

El monumento al holocausto, se sitúa en un espacio de casi dos hectáreas, cerca de la puerta de Brandeburgo y el bunker de Hitler.

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