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Entrevista a Naief Yehya, pensar la pornografía.

La pornografía está en todos lados. La consumimos día a día, y muchas veces sin percatarnos de ello. Un rastreo histórico nos permite encontrar su origen en las imágenes que buscaban ridiculizar al rey durante la Revolución Francesa. Y en estos tiempos que corren, podemos hallar el extremo de su perversión en los maníacos de Dnepropetrovsk: un par de jóvenes ucranianos que capturaban en vídeo los asesinatos que cometían. Es innegable: la influencia de la estética pornográfica, extendida gracias a la tecnología, es hoy omniabarcativa.

El escritor Naief Yehya, experto en la repercusión que la tecnología tiene en la sociedad, presenta en su libro Pornografía, obsesión sexual y tecnológica, publicado por Editorial Tusquets, una reflexión sobre un tema amplísimo, controversial y exaltante al que no hay que rehuirle.

Naief Yehya, nacido en la Ciudad de México y quien ahora radica en Estados Unidos, es periodista, crítico cultural y autor de las novelas La verdad de la vida en Marte, Camino a casa y obras sanitarias, y de los libros de ensayo El cuerpo transformado y Tecnocultura: el espacio íntimo transformado en tiempos de paz y de guerra. Además, colabora en Letras Libres, La Jornada, y en varios suplementos culturales.

La amplitud y hondura de la capacidad analítica de Naief Yehya convierten a Pornografía, obsesión sexual y tecnológica en un material imprescindible para el estudio de un mundo cada vez más pornificado e imprevisible.

Entrevisto al autor sobre la pornografía y sus repercusiones.

Ricardo Zárate: ¿Por qué consideras importante pensar la pornografía, reflexionar sobre ella?

Naief Yehya: Considero que la porno nos cuenta una historia alternativa de la cultura, una que habla honestamente de nuestros auténticos deseos y fantasías, así como de nuestras frustraciones sexuales tanto a nivel individual como social. Creo también que es el tipo de expresión que pone a prueba la libertad y la tolerancia. Un género irredimible bajo los estándares de la moral es precisamente lo que se necesita para saber hasta dónde estamos dispuestos a ir cuando se trata de defender la libertad de expresión. Asimismo es un género que nos habla de nuestra relación con el cuerpo, de nuestros temores y vergüenzas, de nuestros gustos y pasiones. Pero sobre todo a mí me interesa porque constituye una colección de imágenes con un poder de fascinar, conquistar y producir si no una adicción propiamente por lo menos una dependencia compulsiva. ¿Qué otro tipo de imágenes tienen un poder de atracción semejante?

Ricardo Zárate: ¿Crees que el consumo de la pornografía es un intento por conciliar lo que uno quiere para sí con lo que la vida finalmente nos ofrece?

Naief Yehya: Puede ser, no lo negaría, pero creo que la mayoría de las personas tienen una vida real y una fantasía que normalmente no se tocan y cuando esto sucede a menudo la fantasía se transforma en otra cosa. Creo que es normal y sano que estos ámbitos se mantengan separados. Me preocupa si súbitamente la gente comienza a querer traer a la realidad la fantasía porno y la pornutopia, alguien va a salir lastimado y muchos quedarán dolorosamente decepcionados.

Ricardo Zárate: En Estados Unidos, gente ha sido arrestada por ver pornografía en un McDonald’s. Otros, en cambio, han defendido con éxito ver porno en bibliotecas, aviones, cafés, etc., con sus computadoras, tabletas y celulares. Esto ha derivado en una disputa entre quienes demandan ejercer el derecho de ver en público lo que se quiera ver, contra quienes pretenden censurarlo, según recoge The New York Times en un artículo (He’s Watching That, in Public? Pornography Takes Next Seat) ¿Qué significa esto para ti?

Naief Yehya: Es uno de los dilemas únicos que hacen que la porno sea tan peculiar y distinta, el género fuera de los géneros. Realmente hay muy pocas cosas que hoy por hoy no podemos ver en público, aún los filmes más violentos y gore pueden ser vistos en un asiento de avión sin causar gran escándalo en los demás pasajeros, en cambio una escena sexual incomoda, alarma y causa pánico moral de manera casi instantánea. ¿Cuál es nuestra relación con las imágenes del cuerpo que nos llevan a concluir en pleno siglo XXI que son inapropiadas para ser vistas en un espacio público? Este misterio tiene raíces tan profundas como la cultura occidental misma.

Ricardo Zárate: ¿Cómo la pornografía -y la transgresión que entraña-, contribuye al desarrollo personal y social? ¿Qué tanto esta misma cualidad puede ser riesgosa para ese progreso?

Naief Yehya: Difícil contestar con generalidades. Creo que la experiencia pornográfica como la vivimos hoy es un asunto íntimo, tiene la capacidad de expandir los horizontes y ampliar la tolerancia, pero en realidad es más un sistema de autogratificación, un estímulo tanto visual como fisiológico y un placer culpable. En lo social confío que una sociedad que permite la pornografía es en general más sana que una que la prohíbe, es una sociedad con menos crímenes y represión sexuales, y si bien esto no se debe exclusivamente a la libre circulación del porno, sí tiene que ver. La censura de la porno es un buen indicador de la acumulación de tensión sexual malsana. No creo que la porno tenga influencia alguna en el progreso, más allá del progreso de los pornógrafos. Durante mucho tiempo se ha perseguido a la porno acusándola de ser un desperdicio inútil de tiempo, tiempo perdido en imágenes que podría ser usado para la producción. Numerosos casos de oficinas en las que el personal pasa más tiempo viendo porno que trabajando parecen demostrar esto. Pero más que culpar a la porno hay que entender que los trabajos esclavizantes requieren de sistemas de alivio como este. Si desapareciera la porno alguna otra transgresión vendría a ocupar su lugar.

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