in

Amando a los patanes.

Mi amiga Fanny tiene un cine club. O algo así. Un fin de semana al mes reúne a sus amigas en la sala de televisión de su casa para ver comedias románticas. Solo chicas. A veces ven una película, en otras ocasiones llegan a ver tres al hilo. Un buen día, Fanny relaja las políticas de asistencia y me invita. Decido asistir impelido por la razonable necesidad de tener contacto con mujeres. La sala es una pieza amplia con decoración relajante, asientos muy cómodos e iluminación graduable. Perfecto. En el lugar hay siete chicas. Soy el único hombre y me felicito en silencio por ello. Fanny me muestra entusiasmada la función de esa tarde: Love Actually. Ya la vi. Van a ser largos, pero muy largos 136 minutos. Suelto un soplo, recuerdo qué me trae allí y fuerzo una sonrisa. Se presenta al extraño, las chicas lanzan comentarios deshilvanados y la función comienza. Y lo que sucede después de los créditos finales me deja pasmado.

Una vez acabada la película, Fanny y sus amigas comienzan una terapia de grupo, intensa y a veces brutal, en la que de manera inusitada desaparecen los sentimientos edulcorados que nos trasmite la cinta y empiezan los reclamos, las quejas, los lamentos, y las revelaciones desgarradoras de todas las chicas sobre sus parejas en turno. “¡Es que es un sinvergüenza!”, llora una. “¿Por qué estoy amarrada a un hombre que siempre quise evitar?”, pregunta otra. Sé de los documentados efectos nocivos de las comedias románticas (la frustración, por ejemplo), pero esto me rebasa. Nadie pregunta mi opinión, y nadie se aconseja nada. Comprendo que la sesión consiste en explotar y nada más. Por lo que escucho, sospecho que todas tienen relaciones con verdaderos patanes. Y lo que concluyo es que ninguna de ellas está dispuesta a dejarlo. Hacerlo sería contra natural.

Muchos autores escriben sobre el tema de las mujeres vinculadas con patanes. Me vienen a la mente Robin Norwood con su popular libro Women who love too much, o Susan Forward en Men who hate women and women who love them. Numerosas razones se calientan y recalientan. Hay una que existe desde la noche de los tiempos y que pertenece al mundo del esoterismo y que explica esta condición oscura e incorregible que hace a las chicas preferir a los hombres desvergonzados, cínicos y toscos.

Los ocultistas parten de una premisa: el amor, en la mujer, es una verdadera alucinación. Un hombre puede echar mano de maniobras legales o ilegales para conquistar el corazón de una chica. Para tener éxito en las maniobras ilegales, el hombre debe considerar lo siguiente: Las mujeres se creen dotadas, de origen, de una altura moral que es muestra inequívoca de su vanidad. Lo anterior las hace fantasear con la idea de encontrar, en un bribón, a un hombre bueno y honorable. En realidad, esta fantasía de reconversión es falsa. Lo que las mujeres quieren con un patán es, a decir de los magos, procurarse los excesos que dicha altura moral autoimpuesta les impide. Y una vez obtenidos estos satisfactores prohibidos, las mujeres sufren por ellos culpando a los patanes por proveérselos. Esta maniobra ilegal está regida por el siguiente axioma mágico: “Imitad las maneras del diablo para seducir a un ángel”. Entre más diablo sea el hombre, el ángel, seducido, fantaseará con mayor vehemencia con las llamas.

Por otra parte, los ocultistas establecen que un hombre cabal y de principios atrae a las mujeres a quienes no tiene necesidad de seducir. Opto por esta maniobra legal que implica el riesgo infravalorado de ver una película en absoluta soledad en mi propio cine club.

What do you think?

0 puntos
Upvote Downvote

Total votes: 0

Upvotes: 0

Upvotes percentage: 0.000000%

Downvotes: 0

Downvotes percentage: 0.000000%

Written by Ricardo Zárate

Escritor de cine.

[g1_socials_user user="22" icon_size="28" icon_color="text"]

Comments

Leave a Reply

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Loading…

The Kooks, el british pop nunca sonó mejor.

Pasos ecológicos con Gucci.