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Los hombres no saben orinar.

Me pregunto cómo es que Cindy sabe tantas cosas de nosotros los hombres. Cindy es muy rara, y quienes la conocen saben mantenerse alejados de ella a un radio no menor de cinco metros. Yo incluido. A primera vista, no habría razón válida para este alejamiento porque, en lo epidérmico, Cindy es agradable, buena conversadora, inteligente, de carnes potables. Pero hay algo extraño en ella, algo que repele la compañía masculina. Y la razón, aventuro, es lo mucho que sabe del taxón al que pertenecemos.

En la fiesta de un amigo, a la que acudo sin forzar mi invitación, la encuentro entre los asistentes al convite. Cuando salgo del baño después de aliviar una necesidad, Cindy me aborda y me dice, sin ambages, que los hombres no saben orinar. Lo dice fuerte, y lo sostiene: ¡Los hombres no saben orinar! En eso, la jalo del brazo con violencia y la llevo al rincón más apartado. El motivo: salvaguardar un secreto que, de revelarse, pudiera desprestigiar, todavía más, a los hombres.

En ese rincón, Cindy me explica que la micción es un proceso que no se limita a la expulsión del líquido excrementicio, sino que inicia desde la detección de la necesidad de evacuar y termina hasta el feliz e higiénico reingreso a la actividad cotidiana del aliviado. Me dice todo esto con contundencia, sin exornar su discurso. Yo sudo por el temor de que alguien más pueda escucharnos y filtrar la información. De saberse esto, sería el fin del mundo tal y como lo conocemos. Según Cindy, este reingreso a la cotidianidad arriba expuesto, puede ser feliz en el hombre, pero no higiénico. Y como no es higiénico, el hombre no sabe orinar.

Cindy, ahora experta en evacuaciones, sugiere este proceso:

1. El hombre, aunque débil de origen, debe hacer un esfuerzo por domeñar la necesidad de alivio. Antes de dirigirse al recipiendario, tiene que hacerse de un pedazo de papel higiénico.

2. Al término del alivio, el hombre debe sanear su área púdica con el pedazo de papel. Esta limpieza debe ser comprometida. ¿Sabes cuántas enfermedades puedes evitar con eso?, pregunta Cindy, y ella misma responde con una larga y sonrojante retahíla de afectaciones que yo ignoro.

3. Descargar el recipiendario. O echarle tierra o agua si se está a cielo descubierto.

4. Tirar el pedazo de papel maculado al cubo de basura.

5. Coger otro papel.

6. Abrir la llave del grifo y lavarse las manos de forma concienzuda.

7. Secarse con el pedazo de papel.

8. Repetir paso cuatro.

9. Reingresar, feliz y sanitizado, a la vida cotidiana.

Los hombres, de quienes me desmarco ahora oficialmente, omiten todo este procedimiento. Ergo, no saben orinar.

Cindy termina y yo tomo nota mental de toda su perorata, y me comprometo a difundirlo so riesgo de padecer la lapidación de los varones.

Daniel Paul Schreber, presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, en Alemania, escribe, en Memorias de un enfermo de nervios, una crónica de su deterioro mental, esto a finales del siglo XIX, principios del siglo XX. Un libro imprescindible para todo aquel interesado en la psicología. Schreber decía que Dios quería matar su alma, destruirlo por completo. Y no solo eso, sino que quería transformar su cuerpo en el de una mujer. Estoy seguro que Cindy está pasando por un proceso similar: una entidad impensada quiere transformar su cuerpo en el de un hombre. No hay otra forma de que ella sepa ese gran secreto.

*Nota de Cindy: El orden correcto en lo concerniente al lavado de manos es como está expuesto: 5,6,7. Y no, 6,5,7; como todos los hombres hacen.

Imagen vía:
hotels.about.com

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Escrito por Ricardo Zárate

Escritor de cine.

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